
Los artefactos difieren de los seres naturales en que han sido diseñados y hechos, no encontrados. Un hacha, una computadora, un fruto genéticamente modificado, una escuela y un banco son materializaciones de ideas.
Más precisamente, un artefacto constituye la última etapa de un proceso que comienza por el planteo de un problema, el de imaginar algo para modificar un aspecto de la realidad, y luego procede a diseñar ese algo nuevo con la ayuda del mejor conocimiento disponible. Marx lo vio claramente, al destacar la diferencia entre la casa y el panal: mientras la abeja obra instintivamente, el arquitecto planea inteligentemente y deliberadamente. Y el constructor transforma la idea en cosa, el plano en edificio.
El núcleo de una actividad técnica es el diseño. Como cualquier otro producto del intelecto, un diseño puede ser más o menos original. Puede proponerse copiar o perfeccionar un artefacto existente, o inventar un artefacto radicalmente nuevo.
Por ejemplo, el primer motor eléctrico, la primera bombilla eléctrica, la primera radio, el primer avión y el primer televisor no tuvieron antecesores: fueron inventos radicalmente nuevos. En cambio, el primer automóvil fue un perfeccionamiento del carruaje tradicional y la computadora electrónica fue funcionalmente (aunque no físicamente) un perfeccionamiento de las computadoras mecánicas.
Dicho cínicamente, el diseño técnico puede consistir en cometer un error o en corregirlo. Ésta es básicamente la opinión de Henry Petroski, ingeniero y autor de hermosos libros sobre ingeniería, tales como To Engineer is Human (1992) . En su tapa figura una fotografía sensacional de un puente norteamericano tomada en el momento en que se derrumbaba. La idea de Petroski es que la tarea de todo ingeniero creador es detectar y corregir los errores cometidos por sus predecesores. Esta receta se aplica a artefactos tales como puentes y escuelas, conocidos desde hace milenios. Pero ¿Qué hacer cuando no hay predecesores? Por ejemplo, ¿Cómo utilizar el plasma solar que envuelve a la Tierra, cómo inventar una cura del resfrío común y cómo averiguar si el político que nos pide el voto es-tá mintiendo, sin recurrir a un aparato de resonancia magnética?
El proceso que va del problema práctico al diseño es lo que ocupa al técnico. Lo que sigue, la implementación del diseño, es cosa de otros expertos, tales como artesanos, obreros y administradores.

O sea, una técnica, tal como la ingeniería civil o la medicina, no es una colección de artefactos y reglas sino un cuerpo de ideas. Por este motivo suscita, o debiera de provocar, la curiosidad del filósofo. Pero no es así, como lo muestran la juventud y las penurias de la filosofía de la técnica.
Es verdad que Aristóteles, el precursor de casi todo, hizo notar la diferencia entre lo artificial y lo natural. Pero ninguno de sus miles de comentaristas, ni siquiera el gran Tomás de Aquino, investigó los problemas ontológicos, gnoseológicos y éticos que plantea la mera existencia de artefactos.
La indigencia de la filosofía de la técnica es explicable. Primero, desde Francis Bacon la técnica suele confundirse con la ciencia. Segundo, la técnica ha sido menospreciada como objeto de reflexión filosófica, debido al antiguo prejuicio griego contra el trabajo manual, juzgado propio de
esclavos.
Unos pocos pensadores importantes, entre ellos Giambattista Vico, John Dewey, José Ortega y Gasset, Lewis Mumford y Buckminster Fuller, se ocuparon de la técnica como cuerpo de conocimientos, pero apenas rozaron los problemas filosóficos que ella plantea.
Suele considerarse que la filosofía de la técnica nació en 1966, con la publicación de un número especial de la revista Technology and Culture. A partir de 1972 aparecieron algunas antologías y en 1980 se constituyó la Society for Philosophy and Technology, que ha venido celebrando reuniones anuales en América y Europa.
Curiosamente, uno de los mejores filósofos actuales de la técnica no es norteamericano, francés ni alemán: es el profesor salmantino Miguel Ángel Quintanilla.
A diferencia de casi todos sus colegas, Quintanilla no es tecnófilo ni tecnófobo: sabe que hay técnicas buenas y otras malas. Además, y esto no es poco en estos tiempos posmodernos, Quintanilla piensa con claridad, lo que le ha permitido «exactificar» algunos conceptos inexactos.
Esta claridad contrasta con la oscuridad de los existencialistas, quienes, siguiendo a Heidegger, atacan a la técnica en general en lugar de criticar solamente a las técnicas que sirven a fines perversos, como lo son las técnicas de las armas de destrucción masiva y las de engaño masivo.
Puesto que una técnica puede ser beneficiosa, perjudicial o ambivalente, la filosofía de la técnica tiene una fuerte componente ética, al igual que la filosofía del derecho y de la medicina. En otras palabras, el filósofo no puede desentenderse de los problemas morales que suscitan las consecuencias sociales de la introducción de nuevas técnicas, tales como la desocupación.
En resumen, no confundamos técnica con artefacto, ni aceptemos o rechacemos nuevas técnicas sin antes averiguar si son beneficiosas, perjudiciales o ambivalentes.




