¡Era la letra de uso cotidiano! Antes de la era digital, los niños aprendían a escribir en letras cursivas con cuadernos de caligrafía y práctica diaria en la escuela.

A 26 de febrero del 2026.- Las letras cursivas, durante el siglo XX, formaron parte esencial del aprendizaje escolar en México. Escribir a mano era un ejercicio de disciplina, paciencia y coordinación. Antes de la llegada de las computadoras, las tabletas y los teclados, la escuela enseñaba a los niños a trazar cada letra con cuidado, siguiendo un orden y un ritmo que comenzaba desde los primeros años de primaria.
Aprender a escribir en cursiva era casi un rito de paso porque implicaba dejar atrás las letras de molde y demostrar que se había alcanzado un nuevo nivel de destreza. Para muchas generaciones, ese momento marcaba un antes y un después en la vida escolar.
Escritura de letras cursivas como ejercicio corporal
La enseñanza de las letras cursivas no se limitaba a reconocer el alfabeto. Implicaba postura, presión del lápiz, continuidad del trazo y control del movimiento. La mano, el brazo y la vista trabajaban en conjunto para lograr líneas limpias y enlaces fluidos entre una letra y otra.
Este tipo de escritura buscaba desarrollar la motricidad fina y la concentración. Cada palabra exigía atención plena, pues un trazo mal hecho podía romper la armonía de toda la línea. No se trataba solo de escribir rápido, sino de escribir bien, con cuidado y constancia.
Un elemento inseparable de este aprendizaje eran los cuadernos especiales de caligrafía, muy comunes en las escuelas primarias del país. En ellos aparecían renglones marcados, líneas punteadas y letras guía que los alumnos debían repasar una y otra vez. Primero se seguía el trazo, luego se imitaba, y finalmente se escribía de manera autónoma.

Estos cuadernos solían acompañarse de ejercicios repetitivos: planas completas con la misma letra, palabras que comenzaban igual o frases diseñadas para practicar enlaces difíciles. La repetición era clave; escribir bien en cursiva era el resultado de horas de práctica constante, dentro y fuera del salón de clases.
El método Palmer y la enseñanza de la cursiva en México
Detrás de esa letra curva, continua y rítmica que muchos recuerdan de su infancia había una lógica clara y un método con historia. Se trata del método Palmer, un sistema de enseñanza de la escritura creado a finales del siglo XIX por Austin Norman Palmer, que buscaba una caligrafía rápida, legible y fluida, pensada para no levantar el lápiz del papel.
Aunque el método Palmer nació en Estados Unidos, su influencia llegó también a México a lo largo del siglo XX a través de cuadernos de caligrafía, manuales de escritura y prácticas escolares que retomaban sus principios. En las aulas mexicanas no siempre se le llamaba por su nombre, pero su estilo era inconfundible: letras ligadas, inclinadas y uniformes, escritas con un ritmo constante.
El enfoque del método Palmer iba más allá de la forma de las letras. Proponía que escribir bien implicaba coordinar el movimiento del brazo, la muñeca y la mano, mantener una postura adecuada y desarrollar un trazo continuo. Por eso, aprender cursiva no era solo memorizar un alfabeto distinto, sino entrenar el cuerpo para escribir de manera sostenida y ordenada.
Durante décadas, este tipo de cursiva —a veces llamada simplemente letra bonita o letra de caligrafía— fue común en las escuelas primarias de México. Los ejercicios de planas, la insistencia en no levantar el lápiz y la búsqueda de uniformidad reflejaban una enseñanza influida por ese ideal de escritura disciplinada.

La cursiva como símbolo de orden y corrección
Durante mucho tiempo, la calidad de la letra fue considerada un reflejo del carácter del estudiante. Una cursiva legible y bien formada se asociaba con orden, limpieza y aplicación. Por el contrario, una letra descuidada podía ser motivo de correcciones, llamados de atención o ejercicios adicionales.
En muchos salones de clase, los maestros revisaban no solo el contenido de las tareas, sino también la forma: márgenes rectos, inclinación uniforme de las letras, tamaño constante y correcta separación entre palabras. Tener bonita letra era parte del aprendizaje esperado y, en muchos casos, una fuente de orgullo.
El cambio de paradigma en la enseñanza
Con el paso del tiempo, el énfasis en las letras cursivas comenzó a disminuir. A partir de finales del siglo XX, los enfoques educativos fueron dando mayor peso a la funcionalidad de la escritura y, más adelante, al uso de tecnologías digitales.
En muchas escuelas mexicanas, la escritura cursiva dejó de ocupar un lugar central y, en algunos casos, se volvió secundaria frente a la letra script y el teclado. La caligrafía dejó de ser un eje formativo en sí mismo y pasó a integrarse —cuando se integró— como una herramienta más dentro del aprendizaje de la lengua escrita.

Este cambio ha generado debates sobre lo que se pierde cuando se deja de enseñar cursiva: desde habilidades relacionadas con la memoria, la atención y la coordinación motriz, hasta una relación más pausada y reflexiva con la escritura.
Letras cursivas: memoria escolar que permanece
Aunque ya no sea una práctica común, para muchas generaciones en México las letras cursivas siguen siendo un recuerdo profundamente ligado a la infancia escolar. Los cuadernos de caligrafía, las planas interminables y el esfuerzo por “hacer bonita la letra” forman parte de una educación que entendía la escritura como un acto casi artesanal.
Hoy, en un mundo dominado por pantallas, esa forma de aprender a escribir permanece como testimonio de otra manera de enseñar, donde cada letra se construía a mano, trazo por trazo, y donde escribir era también una forma de aprender a estar quieto, atento y presente.
Fuente: MX DESCONOCIDO



