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México lucha hasta el final, pero Inglaterra vence 3-2 y rompe su invicto mundialista en el Azteca

Desde el Mundial de 1986, México arrastra su propia mística de la derrota. Una herencia que se repite como un mantra circular: clasificar siempre a la antesala de la gloria, para luego desplomarse ante cualquier rival. A excepción de Qatar 2022 -donde no superó la fase de grupos-, la selección hizo de los octavos de final su propia barrera psicológica.

En la última función del Estadio Azteca, iluminado por las luces de una tormenta eléctrica que demoró 60 minutos el inicio, Inglaterra demolió la esperanza de todo un país con el 3-2. La diferencia fue suficiente para citarse con Noruega, en la instancia de los ocho mejores, y dejar a más de 80 mil aficionados mirando en silencio los restos de su propio naufragio.

En sólo dos jugadas del primer tiempo, la maquinaria inglesa despertó a los locales de una ilusión gigante. Jude Bellingham corrió el campo en un contragolpe, inmune a la altitud de la Ciudad de México y la velocidad de la pelota, vio el centro de Bukayo Saka y se lanzó de palomita para mandar el balón pegado al poste (36). Un par de minutos después, Harry Kane retrasó una pelota en el área y el propio Bellingham entró casi cayéndose, venciendo la estirada del arquero Raúl Rangel. Dos ataques, dos goles. Entonces, el silencio que bajó de las gradas no fue el de la sorpresa, sino el del reconocimiento. El monstruo familiar, ese viejo conocido, había vuelto.

Aquella pregunta -¿Y si sí?- que durante días impulsó celebraciones multitudinarias en el Ángel de la Independencia desapareció en el acto, transformándose en el ya conocido “Sí se puede”, una frase que en México no es una arenga, sino un epitafio. Desde el fondo del estadio emergió el grito homofóbico (ehhh puuuto), lanzado contra el portero inglés.

El árbitro miró hacia otra parte, pero con el tiempo cobró la fuerza de la resignación. Justo al filo del descanso, Julián Quiñones, el delantero nacido en Colombia que eligió naturalizarse mexicano, cazó un rebote en el área y metió un derechazo feroz que infló la red. Fue como inyectar sangre en un equipo que ya se veía superado.

A pesar de la desventaja, el orgullo del anfitrión se negó al fracaso antes de tiempo. Kane pateó a Brian Gutiérrez en su propia área, el VAR llamó de nuevo y Raúl Jiménez convirtió el penal de la ilusión (68). El 3-2 fue apenas un amortiguador para el golpe, una dosis de anestesia para un pueblo que ha hecho del sufrimiento un rasgo de identidad.

Cuando el partido terminó, los más de 80 mil aficionados se quedaron mirando la cancha vacía. Fue la última función del Mundial en el Azteca. Ahora, el torneo se muda a Estados Unidos, a los estadios con aire acondicionado donde Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, espera para entregar la Copa junto a su amigo Donald Trump.

Fuente LA JORNADA

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