DEMASIADO INTERESANTE

EL ALTRUISMO

Se cree comúnmente que nos cuesta ser altruistas para con los extraños: que generalmente somos egoístas excepto para con los parientes. Tanto es así, que una de las parábolas de la Biblia se refiere al buen samaritano, un hombre tan excep-cionalmente bondadoso, que socorrió a un extranjero de quien no podía esperar ninguna retribución.

Además, en la tradición cristiana el creyente esta tan obsesionado por su salvación personal, que ayuda a otros solamente en interés propio, para quedar bien con Dios. Los calvinistas, ni siquiera esto, porque saben que están predestinados: se salvarán o condenarán independientemente de las obras que hagan. Los mahometanos, ídem: todo esta prescripto para la eternidad.

La idea de que somos naturalmente egoístas esta tan empotrada en la cultura moderna, que constituye un postulado de la teoría económica estándar desde Adam Smith. Según ella, cada cual sólo persigue su propio beneficio, su propia felicidad. Pero, al hacerlo, contribuye al bienestar ajeno. Esto ocurre gracias a la famosa Mano Invisible, versión secular de la Deidad. O sea, todos compiten entre sí, pero las leyes del mercado aseguran misteriosamente el bienestar general.

La biología evolutiva en su versión popular, que se le debe a Herbert Spencer, generalizó a todos los organismos el principio de que cada cual se ocupa solo de lo suyo. En particular, postuló que todos procuran sobrevivir y reproducirse a toda costa. Cuantos mas descendientes, tanto mejor. Tanto es así, que la aptitud darwiniana, o ventaja evolutiva, se define como el tamaño de la descendencia.

Don Juan no seria un monstruo sino un paradigma.

Sin embargo, el altruismo se da en varias especies. Las abejas obreras trabajan para la colmena, los elefantes ayudan a sus compañeros heridos, los delfines ayudan a sus congéneres a librarse de las redes de pesca, los humanos arriesga-mos la vida para salvar la de otros, etcétera.

Estos y muchos otros hechos muestran que el principio del egoísmo universal es falso. En particular, los humanos normales no premiamos a quienes intentan maximizar la dispersión de sus genes dejando embarazadas al máximo número de mujeres. Por el contrario, los consideramos delincuentes.

Recientemente se ha descubierto que, en los humanos, el altruismo tiene una raíz biológica. En efecto, James Rilling y colaboradores informan, en la revista Neuron del año 2002, que disfrutamos haciendo el bien. Este resultado se encontró estudiando con resonancia magnética los cerebros de sujetos puestos a jugar el «juego del preso». En este juego, el jugador puede, ya cooperar, ya competir. Resultó que, cuando cooperaban en lugar de competir, el aparato mostraba que se activaba su centro del placer, del que forma parte el hipotálamo. O sea, cuando somos generosos no sólo nos premian, sino que también nos gusta.

En resumen, a veces somos altruistas y otras, egoístas. Sin egoísmo no podríamos sobrevivir, y sin altruismo no podríamos convivir. Esta conclusión basta para falsar todas las teorías que, como la teoría
microeconómica estándar, postulan que siempre actuamos para maximizar las ganancias esperables.

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