La agorafobia es un trastorno de ansiedad y quien la padece siente miedo o ansiedad excesiva a encontrarse en situaciones donde pueda ser difícil escapar, pierda el control o se encuentre bajo amenaza, sin posibilidad de recibir ayuda.

En México, menos de 2% de población de adultos y adolescentes presentan agorafobia, la cual tiende a aparecer más al final de la adolescencia y en los adultos jóvenes, entre los 18 y los 40 años; y de este porcentaje, lo presentan de dos a tres mujeres por cada hombre, tendencia que es igual en varios países.
Algunas situaciones a las que le teme una persona con agorafobia son a usar cualquier tipo de transporte público, estar en un espacio abierto, como un mercado o concierto, o lugares cerrados como un cine, también le da miedo estar formado en una fila o en medio de una multitud, o incluso estar fuera de su casa.
En un trastorno de ansiedad de agorafobia clásico la persona está limitando su calidad de vida, su funcionamiento individual y su bienestar a consecuencia de un constante miedo o preocupación.
El doctor José Alfredo Contreras, Valdez, de la Facultad de Psicología de la UNAM, explica que el miedo es una emoción natural que se activa para protegernos ante situaciones inminentes y peligrosas, pero la ansiedad se presenta cuando sentimos miedo excesivo por algo que no necesariamente lo justifica y nos preocupamos de manera desproporcionada por algo que no sabemos siquiera si va a ocurrir.
La preocupación es la característica principal a nivel cognitivo de la ansiedad, pero en el caso de la agorafobia esta preocupación por estar ante determinadas situaciones se vuelve excesiva, por lo que aprende a desarrollar conductas de evitación, es decir, deja de realizar ciertas actividades o de acudir a determinados lugares.
“Me preocupo y luego evito, y de esa manera se va reforzando el problema, porque si yo no voy al súper, al concierto, si no viajo en transporte público, si no me quedo solo en casa, etcétera, entonces no aprendo las estrategias necesarias para poder lidiar con ello, lo que aprendo es a evitar y la evitación funciona a corto plazo, pero a largo plazo hace más grande el problema”, resume el doctor Contreras.

Causas
Algunas vulnerabilidades que influyen para que una persona padezca agorafobia son la genética, las dificultades adquiridas en la regulación emocional durante la infancia o adolescencia y los eventos traumáticos aislados.
En cuanto a la genética, el especialista comenta que si alguno de los padres padece de un trastorno de ansiedad, hay al menos 40% de predisposición genética de que los hijos también la presenten.
Sobre las dificultades en la regulación emocional, el investigador comenta que durante sus primeros años de vida una persona va conformando su regulación emocional, pero si a lo largo de su niñez hay estilos de crianza autoritarios, violentos, sobreprotectores, negligentes, con incertidumbres en su vida diaria, en donde hay poca aprobación y apoyo de los padres o del círculo familiar, los infantes van aprendiendo que el mundo no es un lugar seguro para ellos.
Por otra parte, ejemplos de eventos traumáticos aislados (que se pueden presentar a lo largo de cada etapa de la vida) son el bullying, el rechazo, la muerte de un ser querido, haber sido víctima de algún delito, etcétera. También en esta categoría se incluye la convivencia constante con familiares cercanos que presenten un trastorno de ansiedad. Estos sucesos pueden provocar incertidumbre en quien los experimenta y ocasionarles que prefieran evitar el acercamiento con otras personas o experiencias.
La agorafobia es un tema multifactorial y que alguien esté expuesto a más de una de estas vulnerabilidades incrementa la probabilidad de que una persona pueda presentar un trastorno agorafóbico.
“Si juntamos la vulnerabilidad genética, el tipo de crianza y sucesos de vida adversos, con que papá y mamá son ansiosos, me modelan la ansiedad, me dicen que hay que estar preocupado y yo veo que el mundo donde vivo es un mundo donde hay incertidumbre, tenemos todo el combo para en algún momento desarrollar un problema de ansiedad”.
Agrega que los trastornos de ansiedad son comórbidos, es decir, que regularmente cuando se presenta uno, es muy probable que también haya otro en la misma persona, ya sea de ansiedad, como la agorafobia, o incluso o de otro tipo como depresión.
Un diagnóstico diverso
Uno de los primeros criterios a tomar en cuenta en el diagnóstico de la agorafobia, es identificar si durante varios meses evitó situaciones donde cree que es difícil escapar o donde no va a poder recibir ayuda, y que además esto le resulte incapacitante, al grado de que prefiere no tener contacto con cualquier situación que le provoque ansiedad.
Además, los especialistas utilizan la entrevista semiestructurada para diagnosticar este trastorno, la cual tiene los mismos criterios tanto de parte del Manual Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) de la Asociación de Psiquiatría Norteamericana de Estados Unidos como de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la OMS.
También son útiles los instrumentos de auto reporte, que consisten en solicitarle al paciente que registre cuántas veces ha tenido miedo de llevar a cabo alguna actividad en un determinado tiempo.

El doctor Contreras Valdez destaca que aunque sí hay tratamiento farmacológico para este trastorno, tiene algunas limitaciones, ya que al ser un medicamento psiquiátrico tarda de dos a tres semanas en hacer efecto en el paciente y puede traer algunos efectos secundarios, que le generan más ansiedad a las personas con agorafobia, porque sienten temor de experimentar sensaciones fisiológicas que los puedan poner en peligro, aunque no sea así.
Una de las estrategias más efectivas es el tratamiento psicológico, donde a través de la psicoeducación se le ayuda a la persona a que identifique el problema que está padeciendo, cuáles son sus implicaciones, por qué ocurre, en qué fase se encuentra, y sobre todo hacerle saber que es un problema que no es mortal, que hay tratamiento y que puede en algún momento remitirse.
Las técnicas cognitivo-conductuales son las que se utilizan con mayor frecuencia en este tipo de pacientes; se les orienta a modificar sus pensamientos y conductas. Por un lado, se les enseña que sus pensamientos son muy rígidos y exagerados, y se les ayuda a reconocer explicaciones más objetivas sobre lo que está pensando.
Por otro lado, se les transmiten técnicas conductuales, es decir, de exposición, que consisten en hacer que la persona se exponga gradualmente al estímulo temido y vaya concluyendo que éste no es tan catastrófico como piensa
Aunque la agorafobia sí tiene cura, es uno de los de los trastornos que adquieren cronicidad con mayor facilidad, pues cuando una persona empieza a padecerla va ajustando su vida para sobrellevarla, y únicamente solicita ayuda por estas conductas de ansiedad y temor extremo hasta que tiene problemas con la familia, en el trabajo o la escuela.
Por María Luisa Santillán, Ciencia UNAM-DGDC



