OPINIÓN

MI EXPERIENCIA DEL RECORRIDO POR LA DEVASTACIÓN APOCALÍPTICA DE «OTIS» EN EL LEGENDARIO PUERTO DE ACAPULCO

Dr. Felipe Ramírez Liborio

Con la intención de constatar la devastación apocalíptica que deja el huracán «Otis» en su paso por el Puerto de Acapulco durante las primeras horas del dia 25 de octubre del año 2023. Un grupo de compañeros, entre ellos, el Diputado Antonio Helguera Jiménez y una pareja de Cocula que iban en busca de unos familiares, salimos de Iguala a las ocho de la mañana del dia viernes 27. Pero al salir, decidimos cargar gasolina en Chilpancingo. Nuestra sorpresa fue que nos encontramos con una enorme fila de vehículos en la gasolinera que se ubica frente al aeropuerto de la Colonia Galeana.

Ante esa situación, Omar, el conductor del vehículo, nos llevó a una gasolinera que se llama «Also» ubicada, precisamente, atrás del aeropuerto. Con suerte encontramos una fila de unos cuatro vehículos antes que nosotros. Resuelto el problema del combustible nos enfilamos directo al Puerto de Acapulco.

Pasamos la caseta de Palo blanco gratis porque así nos dieron paso. Sin cobro alguno. Viajando por la autopista del sol, vimos todo bien, sin ninguna novedad. En este trayecto lo relevante que observamos fueron árboles destrozados y sembradíos de maíz aplastados sobre el suelo y lugares donde hubo deslaves que habían obstruido la vialidad.

Llegamos a la caseta de la Venta. Pasamos gratis. Pues nos dijeron que el paso era libre. De ahí nos enfilamos hacia la caseta de Metlapil. Ya sobre la carretera hacia Metlapil comenzamos a ver los estragos de «Otis».

Las casas todas con los techos volados y sus habitantes pidiendo ayuda y/o apoyo. Los gritos eran, «queremos agua». Otros gritaban «apoyen nos con despensas». Así llegamos a la caseta de Metlapil. Fue a partir de ahí y hasta el entronque con la carretera hacia el aeropuerto, que empezamos a ver los estragos de esos vientos de más de 275 km/ hora.

Vimos postes caídos sobre el carril izquierdo de la autopista, tanto de la telefonía como de los que conducen los cable de la electricidad. Árboles y palmeras arrancados de raíz a una distancia de diez o más metros de donde estaban sembrados. Conforme avanzábamos los estragos eran mayores. Ya en la carretera hacia las Brisas, vimos en las Plazas comerciales y los hoteles aledaños, la devastación. Algo apocalíptico. Nunca antes visto en Acapulco. Vimos, en primer plano, en esa zona, la devastación absoluta. A los cerros que están, frente a Llano largo, se le veían las enormes rocas amenazando con deslizarse hacia la planicie llena de casas.

Afortunadamente, no fue así pero, eso, no me salvo de imaginar la enorme roca, que por castigo de Zeus, Sisifo tenia que subir, diariamente, desde la planicie hasta la cima y sin embargo, al llegar, la roca volvia nuevamente a la planicie. Y, nuevamente, volver a subirla. Un castigo eterno en analogía a nuestros hábitos dice, Albert Camus, en su libro «El mito de Sisifo».

Esos mismos cerros se veían quemados como si hubieran sufrido el azote de una intensa helada. Los árboles, como si una cortadora imaginaria los hubiera podado de manera severa. Esa desolación arbórea era la que permitía ver las enormes y amenazantes rocas hacia las casas habitadas de las colonias asentadas en las faldas de esos cerros y en la planicie.

Pensé, haciendo una analogía con el huracán «Paulina» del 98, atracó en el legendario Puerto de Acapulco, con categoría 4 en la escala Safir Simpson, constituido por una ración hidrica en sus dos terceras partes, la devastación que causó en la población por las corrientes, deslaves, arrastres de materiales petreos, casas, edificios, y perdidas humanas fue apocalíptico.

Imaginen, ustedes, que ese huracán hubiera tocado tierra con categoría 5 como ahora lo hizo «Otis». Las consecuencias en perdidas humanas todavía fueran dolorosas y lamentables en el recuerdo e imaginario social de Acapulco. La «suerte» sí así le podemos llamar fue, que «Otis», en sus dos terceras partes constitutivas, era viento y eso, de alguna manera, aminoró las desgracias personales pero no así las desgracias materiales. El problema no fue la lluvia que le acompañó. El problema fue la velocidad de los vientos con que arribo al Puerto.

En segundo plano, vimos, a cientos de personas saquear, hurtar y rapiñar en las tiendas departamentales, Wolmart, Soriana, Oxxos, Coppel, mueblerías, etc. Y si esos inmuebles, se habían salvado del huracán, pues los propios habitantes de esa casa, llamada Acapulco, se encargaron de terminarla de destruir. Sin pensar, que ellos mismos, con su propia acción estaban, inconscientemente, contribuyendo en su contra porque en el futuro inmediato no habría a donde recurrir por alimentos.

Suponiendo, sin conceder, como dicen los abogados, que esa acción de hurto, saqueo y rapiña sea justificada. La pregunta es ¿porque llevarse refrigeradores, estufas, lavadoras, ventiladores, llantas, acumuladores, muebles, cristalería? Acaso ¿eso era prioritario llevarlo? Todo esto lo vimos antes de subir hacia la Brisas.

También vimos a cientos de trabajadores de la CFE desde el aeropuerto hasta la Base naval levantando y parando postes para conducir los cables trifasicos de la electricidad. Frente a la Base naval vimos una subestación en donde entraban y salían por igual decenas de trabajadores de la CFE cuya característica es su uniforme kaki y su casco de protección, color amarillo.

Ya en la avenida «emblemática» de Acapulco, la Costera, observamos hoteles con las paredes desgajadas. Cientos de árboles caídos, obstruyendo la vialidad. Semáforos, espectaculares y fachadas de comercios diversos, totalmente derruidas. Vimos a soldados, marinos y Guardia Nacional, con machete en mano y moto sierras, cortando árboles que obstruían la vialidad.

Desgraciadamente, no vimos, a un sólo acapulqueño, siquiera, levantar una ramita de un árbol. En vez de contribuir, con la limpieza de las calles de su legendaria Ciudad, los vimos en el saqueo a tiendas y comercios, diversos. Muy lamentable actitud. Avanzar en la Costera, el sig zagueo de un carril a otro, era cosa ordinaria para poder avanzar. Asi logramos llegar al Zócalo de Acapulco.

Ahí, en el Zócalo, todos los árboles caídos y el saqueo, hurto y rapiña, continuaba en los restaurantes aledaños. Algo que me pareció excelente fue ver una camioneta con antena parabólica de la CFE con un portal frente de sí con muchos, pero muchos, conectadores para cargar los teléfonos celulares. Había, en ese momento, no menos de cincuenta personas cargando sus teléfonos celulares.

Regresamos a la glorieta de la Diana y subimos por la Cima. En esa zona, pudimos constatar, que los destrozos de «Otis» eran de menor intensidad. Creemos que esos cerros fueron su protección. Pero al llegar al panteón de las Cruces la vialidad totalmente inundada y calculamos que el fango en algunos lugares rebasaba los 30 centimetros.

Estando ahí varados pudimos ver como muchas personas extraían, de las tiendas aledañas como Coppel, Soriana, Oxxos, bodega de la leche «Lala» todo lo que podían y cruzar los camellones con cajas de leche, productos chatarra, paquetes de rollo de papel sanitario, neumáticos, paquetes de botes con agua, pantallas, televisiones, teclados musicales, motocicletas.

Esto no es producto de nuestra imaginación. Lo vimos, al igual que muchas personas más. Pero los implicados ni siquiera se inmutaron. Ademas, en general, no todos parecían ser personas pobres y sumamente necesitadas. Entre ellas, por su apariencia, quizas participaban en ese saqueo, profesionales.

También vimos como la CFE y soldados del ejercito, a regaña diente de los conductores, lograban pasar plantas de energía eléctrica para el hospital del Quemado y hacia Renacimiento. En fin. Cruzar esa zona nos llevo dos horas cuarenta minutos, del panteón de las Cruces al panteón Valle Luz, en la entrada a la comunidad de La Venta. A ese punto pudimos llegar alrededor de las 17 horas y fue ahí que pudimos observar aterrados, en la gasolinera de ese lugar, a una fila enorme de personas con bidones y cubetas, extrayendo la gasolina de los tanques de almacenamiento de dicho combustible. Una irracionalidad en potencia para un desgracia mortal.

Finalmente, sostengo, que la magnitud del meteoro rebasó, absolutamente, al Gobierno Municipal y en parte, también, al Gobierno estatal. Huracanes de esa magnitud, incluso menor, han destrozado ciudades de la costa atlántica de los Estados Unidos.

Aquí lo importante es tomar lección de esta apocalíptica experiencia. Porque ciclones, huracanes y sismos, no vamos a poder evitarlos. Ya lo vivimos hace años con «Paulina». Y advierto, a manera de memorandum, que los geólogos y vulcanologos, llevan una década señalando que, en la «Brecha Guerrero», que va de Acapulco a Petatlán, lleva un siglo sin ocurrir un sismo mayor a los 8 grados en la escala de Richter. Algo que hipotéticamente puede ser devastador.

Pregunto, tanto al Gobierno Estatal como al Gobierno Municipal de Acapulco, al respecto, ¿Que se hace en terminos preventivos para enfrentar ese tan anunciado sismo de 8 grados, en la escala de Richter u otro huracán de 4 o de 5, en la escala Safir Simpson? Vuelve a suceder lo mismo que como Gobierno estatal o Municipal nos desnuda, crudamente, ante la sociedad. Y si no es por el Gobierno Federal, como en el pasado, que no resolvía nada o resolvía a medias. Pero, hoy, tenemos la fortuna de contar con un Gobierno que es y que atiende al pueblo, en general. Y que desde el amanecer del asiago dia de la catástrofe y de la devastación, el Presidente, Andrés Manuel López Obrador, se presentó ante los acapulqueños, para conocer, en vivo y en directo, los estragos y la magnitud de la apocalíptica catástrofe y se comprometió en levantar, el Puerto de Acapulco, sin importar la cantidad de recursos financieros que se necesiten.

Sin ambages, lo grito a los cuatro vientos. «Hay recursos suficientes». En Acapulco se encuentra el 80 % del gabinete federal. Sedena, Marina, Guardia Nacional, Bienestar, Energía Gobernación, Salud, Hacienda, CFE, Conagua, aunado a ello, el Gobierno estatal y Municipal, con el único objetivo: Poner de pie al legendario Puerto de Acapulco. Además, la solidaridad de diversas instituciones educativas del país y de diversos Gobiernos estatales, enviando cientos de miles de despensas y de litros de agua.

Concluyo diciendo que, ahora, te toca a tí, paisano Acapulqueño, contribuir para que juntos volvamos a edificar la casa, nuestra casa, el Acapulco legendario. Sin olvidar nunca, lo que ya es un legado de José Marti para la humanidad fraterna y solidaria: «amor con amor se paga».

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