En México, comunidades indígenas usan los insectos como medicina tradicional para curar dolores, infecciones y males espirituales.

A 04 de julio del 2025.- Los insectos en la medicina tradicional han sido parte de las prácticas curativas de muchos pueblos originarios en México. Aunque a primera vista cueste imaginar a un escarabajo como aliado de la salud, lo cierto es que en diversas comunidades, los insectos ayudan al tratamiento de diversos malestares.
Los saberes que respaldan su uso no vienen de laboratorios ni manuales modernos. Nacen de la observación, de la experiencia compartida por generaciones y de una profunda conexión con el entorno natural. En la medicina tradicional, todo tiene un lugar: una planta puede sanar, un canto puede calmar y un insecto puede curar.
¿Por qué se usan insectos en la medicina tradicional?
Para muchas culturas indígenas, el cuerpo y la naturaleza no son entidades separadas. Sanar no es solo aliviar un síntoma, sino restablecer el equilibrio entre el ser humano y su entorno. Por eso, dentro del universo de remedios naturales, los insectos ocupan un sitio importante.
Cada especie se utiliza por una razón concreta. Algunas pican para estimular zonas del cuerpo, otras se aplican como ungüento o se procesan como parte de un tratamiento casero. Pero en todos los casos, se les valora no solo por lo que hacen, sino también por lo que representan: fuerza, resistencia, movimiento, energía.
Insectos como remedio en la comunidad tzeltal
Por ejemplo, en Oxchuc, un pueblo tzeltal de los Altos de Chiapas, todavía sobreviven algunas de estas prácticas. Aquí, el conocimiento sobre los insectos con propiedades curativas forma parte de la vida cotidiana. No se escribe en libros, sino que se transmite de boca en boca, entre abuelas, curanderos y campesinos.
Uno de los remedios más conocidos es el uso del abejorro para aliviar dolores reumáticos. El insecto debe picar justo en la zona afectada. Aunque arde, quienes lo han probado aseguran que el alivio llega con rapidez. También se valora a la abeja sin aguijón, cuya miel se usa para tratar problemas respiratorios o digestivos.

Entre los casos más curiosos está el uso del tuluk’ chan, un escarabajo negro que se emplea para quitar verrugas, así como la preparación de un aceite con cochinillas para aliviar el dolor de oído. Incluso hay quienes, para activar la circulación o estimular los músculos adormecidos, dejan que las hormigas los piquen directamente en las manos. Según cuentan, el escozor es parte del proceso.
En estas comunidades también se han identificado al menos siete insectos usados con fines medicinales, que forman parte de un sistema de salud local basado en la relación directa con la naturaleza.

El conocimiento se transmite de manera oral, a través de relatos, prácticas y rituales. Por ejemplo, cuando un niño llora mucho o no puede dormir, las familias buscan un insecto llamado tsirum pat chan, que vive bajo piedras o cortezas. Lo usan para calmar su llanto. No se trata solo del insecto en sí, sino de la forma en que se aplica, del momento del día, del tipo de trapo, del rezo que acompaña.

Conocimiento que se pierde: entre el estigma y el olvido
A pesar de su efectividad y su valor cultural, el uso de insectos en la medicina tradicional enfrenta hoy serios desafíos. En muchos lugares, estas prácticas se ven como anticuadas o poco higiénicas, lo que ha provocado que algunas generaciones más jóvenes prefieran acudir directamente a farmacias o clínicas.
En Chiapas, por ejemplo, investigadores han documentado cómo el conocimiento sobre remedios a base de insectos ha disminuido, debido a factores como la migración, la falta de transmisión oral y la llegada de doctrinas religiosas que desaprueban estos métodos. También se ha vuelto más difícil encontrar ciertas especies, ya sea por la pérdida de hábitat o el uso de pesticidas.

Aunque no todas las comunidades lo practican con la misma intensidad, el uso de insectos en la medicina tradicional no ha desaparecido. Se mantiene vivo en los márgenes, en las cocinas donde aún se calientan aceites con insectos, así como en los patios donde las abuelas preparan brebajes con la miel de colmenas silvestres.
Es un conocimiento que resiste, que sigue latiendo en las montañas, en los bosques y en los cuerpos de quienes aún creen que sanar también es recordar.
Fuente: FayerWayer




