SALUD Y BIENESTAR

¿Quién soy yo cuando dejo de cumplir un rol? 

Somos estudiantes, empleados, amigos, hijos o parejas. Pero ¿qué ocurre con nuestra identidad cuando alguno de esos roles desaparece? 

A lo largo de la vida desempeñamos diversos papeles y atravesamos transiciones de distinta magnitud. Entre ellas está elegir una carrera, pero también hay cambios mucho más cotidianos que alteran nuestra forma de desenvolvernos. Todas comparten un factor esencial: el inevitable paso del tiempo.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre nuestra identidad cuando alguno de esos roles desaparece o se transforma ante nuevas exigencias. 

En una sociedad enfocada en exigir un crecimiento laboral cada vez más temprano, la trayectoria profesional puede terminar dictando nuestra esencia, validando nuestras capacidades e incluso condicionando nuestro entorno social. A esto se suma un mundo de redes sociales en el que constantemente procuramos presentar la mejor versión de nosotros mismos, ya sea en Instagram o LinkedIn. Pero ¿qué sucede cuando dejamos de desempeñar alguno de los roles que nos definen? 

Esto puede ocurrir, por ejemplo, al dejar un empleo. En esos momentos podemos perder parte del acompañamiento y la estabilidad que dábamos por sentados. Con el paso del tiempo dejamos de ocupar ciertos lugares en la vida de los demás y algunas personas dejan de ocuparlos en la nuestra. Así, el desarrollo personal no depende únicamente de lo que incorporamos, sino también de aquello que perdemos en el camino. 

¿Qué tanto de nuestra identidad depositamos en estos roles? Podemos construir gran parte de ella alrededor de un espacio al que pertenecemos. Nos acostumbramos a sus rutinas y, sobre todo, a la versión de nosotros mismos que existe dentro de él. Cuando quitamos ese piso, esa base, nos damos cuenta de que nuestra manera de actuar frente a un problema puede ser muy distinta de un lugar a otro. 

No somos exactamente la misma persona en un salón de clases que frente a alguien con muchos más años de experiencia. Cada espacio modifica la manera en que nos desenvolvemos. El entorno termina influyendo incluso en cuestiones más intrínsecas: en la forma en que entendemos lo que sucede a nuestro alrededor. Poco a poco nos vamos moldeando de acuerdo con los demás, mientras ellos también se moldean a nosotros. 

La respuesta es que probablemente ninguna. Gran parte de lo que reconocemos como propio nace de los roles que desempeñamos, porque estos no sólo determinan lo que hacemos, sino también la manera en que actuamos, reaccionamos y nos relacionamos con los demás. 

Nuestra conducta cambia según lo que cada espacio espera de nosotros y, con el tiempo, esas formas de comportarnos dejan de sentirse como una adaptación y comienzan a sentirse como parte de nuestra identidad. 

Seguramente un solo rol no sea suficiente para volvernos irreconocibles cuando desaparece, pero sí puede dejar una huella lo bastante pesada para producir un cambio significativo. A veces basta ese café que te tomas con un amigo, el desayuno que compartes con tu mamá o una carcajada con un colega del trabajo.

Parecen momentos pequeños, casi irrelevantes dentro de una vida entera, pero pueden ser suficientes para cambiar el rumbo de un día. Y un día distinto puede alterar el rumbo de un año; un año diferente, aunque represente apenas una pequeña parte de nuestra vida, puede terminar teniendo consecuencias que jamás habríamos previsto. 

Quizá por eso resulta tan difícil separar quiénes somos de los roles que desempeñamos: no sólo vivimos dentro de ellos, sino que las personas, hábitos y momentos que los acompañan van interviniendo silenciosamente en la persona en la que nos convertimos. 

Una vez que dejamos estos entornos que tanto nos construyeron, comienza un nuevo proceso de adaptación. No se trata únicamente de acostumbrarnos a un espacio distinto, sino de encontrar nuevamente nuestro lugar dentro de él. En ese proceso no empezamos desde cero. 

Una investigación titulada «Better Together: ‘Group-Level Social Dynamics Predict Individuals’ Psychological Adjustment During a Major Life Transition», publicada en Journal of Social and Personal Relationships, analiza cómo el entorno social que rodea a una persona también interviene en su proceso de adaptación. Esto sugiere que no sólo nos influyen nuestros vínculos cercanos, sino también las dinámicas de los grupos y espacios de los que formamos parte.

Cada persona y cada entorno van dejando pequeños granos de arena que llevamos al siguiente espacio. Algunas cosas permanecen y otras desaparecen. Así construimos distintas versiones de nosotros mismos con aquello que los lugares por los que pasamos han dejado en nosotros. Quizá no existe una sola versión inmóvil de nosotros mismos, sino versiones que se transforman conforme avanzamos y que, al mismo tiempo, conservan algo de las anteriores. 

Al final, dejar de cumplir un rol no significa necesariamente dejar atrás a la persona que fuimos mientras lo desempeñábamos. Aquello que vivimos en los lugares a los que pertenecimos deja algo que cargamos hacia el siguiente entorno.

Quizá la pregunta no debería ser únicamente quién soy cuando dejo de cumplir un rol, sino qué decido conservar de cada una de esas versiones de mí mismo. Porque cuando un rol desaparece, tal vez no dejamos de ser quienes éramos: simplemente descubrimos cuánto de esa persona todavía llevamos con nosotros. 

REDACCIÓN EL HERALDO DE MÉXICO

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