HISTORIA Y CULTURA

Altar monumental en el Palacio de Iturbide honra al oficio de panadero

Hay altares que se recorren con los ojos y otros que se saborean. El de Pan de Ánimas, montado en el Palacio de Iturbide por Fomento Cultural Banamex con motivo de la tradicional celebración del Día de Muertos, pertenece a la segunda categoría.

Se trata de una estructura piramidal de tres basamentos o niveles –los dos inferiores, cuadrados, y el superior, redondo–, casi ocho metros por lado y más de tres de altura, en el que prevalece el vistoso colorido del rosa mexicano o fucsia, conferido por los manteles de papel picado que la recubren.

Lo más importante es que allí descansan alrededor de mil piezas de 31 variedades de panes de muerto –de las más de 700 que existen en el país–, provenientes de 14 entidades de la República, entre ellas la Ciudad de México, Tabasco, Chiapas, Coahuila y Veracruz.

Es una ofrenda con “el sacrosanto olor de la panadería”, como diría Ramón López Velarde. Pero que también huele a cempasúchil, cera, incienso y azúcar, y que este año rinde homenaje a quienes “nos endulzan la vida y la muerte”: las panaderas y panaderos de México, no sólo con muestras de su trabajo, sino también con algunos retratos.

La creación de esta pieza monumental estuvo a cargo de Carla Fernández, una de las diseñadoras de moda más reconocidas del país y referente internacional de la moda étnica, quien desde su firma colabora con más de 175 artesanos nacionales para preservar el patrimonio textil de las comunidades indígenas y mestizas.

Para ella, este altar ha representado una pausa en el vértigo del mundo de la moda,“un tiempo muy distinto” y “una oportunidad de quitarme el sombrero de diseñadora para mirar de frente las historias ocultas del país”.

Parte de esas historias –dijo en un recorrido para medios de comunicación– caben en un pan de muerto. Hay de diferentes categorías: antropomorfos, zoomorfos y fitomorfos, y todos ellos están presentes en esta singular obra, que puede visitarse desde el 21 de octubre hasta el 5 de noviembre en el Palacio de Iturbide (Francisco I. Madero 17, Centro Histórico), sede de Fomento Cultural Banamex.

Entre las variedades de ese alimento se aprecian los panes de Oaxaca con alfeñiques que a veces llevan una calaca, una virgen o una carita; conejos, lagartos, patos, sapos y hasta sirenas; el pan de ceniza espolvoreado con pétalos de cempasúchil; el pan de pulque, y el inconfundible pan con huesitos y cráneo.

Cada variedad tiene su cédula con el estado de donde proviene, el nombre de la panadería o el de la panadera o el panadero que la hizo.

El fucsia no es casual ni un capricho de la curadora y diseñadora de la obra. “La sangre en México, en los panes, está representada por el azúcar de tono rosa”, explicó Fernández; por eso el altar entero, lo mismo que los tendederos de papel picado que lo acompañan, se tiñen de ese color, que es también fiesta.

A su alrededor velan ocho esqueletos gigantes de casi tres metros, creados por Vladimir Bojórquez –desde su proyecto Juguete Teatro en Pisté, Yucatán– y pintados a mano por el rotulista Isaías Salgado del barrio de Tepito: el panadero en bicicleta con sus canastas, “el diablero” o cargador de pan, quien cosecha el trigo, quien amasa y quien saca el pan del horno.

Son “los guardianes” de una ofrenda elaborada únicamente con elementos naturales. “No hay nada de plástico”, se ufanó la autora. El papel picado fue cincelado por artesanos de Xochimilco, las velas escamadas provienen de Guanajuato, las flores secas fueron compradas en el mercado de Jamaica y un tapete de aserrín y pétalos de cempasúchil que se sustituirá de forma recurrente.

Hay algo profundamente mexicano y ancestral en esta instalación, subrayó la diseñadora, quien no desconoce el mundo del montaje de exposiciones. No sólo porque su padre era museógrafo, sino porque antes ya ha realizado dos: una de moda en el Museo Franz Mayer y otra de títeres en Uruapan, Michoacán.

“En la época precolombina se honraba a los muertos con tamales, tortillas y figuras de amaranto. En el siglo XVI llegó el trigo con los conquistadores españoles y empezó esta fusión de mezcla de saberes y de sabores”, puntualizó. “Somos un país de maíz, pero que no se nos olvide que también somos un país de trigo y otros granos”.

Para Fernández, esta emblemática tradición del altar de muertos corrobora una certeza: “en México, hasta lo más cotidiano es arte. Como diría Octavio Paz, frente al arte popular el entorno entra por la vista, pasa por el corazón y sale por las manos”.

Por Ángel Vargas

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