HISTORIA Y CULTURA

El artesano Ramón Ramírez busca mantener viva la cera escamada de Guanajuato

Desde Salamanca, lleva al Festival de Vida y Muerte 2026 una tradición familiar que comenzó en 1874 y que ahora quiere transmitir a niñas y niños para evitar que desaparezca

Una flor, una corona o una composición de hojas y encajes de cera le pueden dar forma a una vela en las manos de Ramón Ramírez López, maestro artesano originario de Salamanca, Guanajuato; para ello, además, se requiere paciencia, conocimiento y una técnica que su familia ha conservado durante cinco generaciones.

Ahora, ese oficio llegó hasta el Festival de Vida y Muerte 2026, de Xcaret, donde participa como parte de la delegación guanajuatense, estado invitado de esta edición, para compartir su trabajo con los visitantes mediante talleres.

Ramón habla de la cera escamada como una tradición que viene de lejos. De acuerdo con la historia que conserva su familia, comenzaron a trabajarla en 1874, cuando unos frailes encargaron velas para las celebraciones religiosas de Salamanca. La intención era elaborar piezas decoradas con encajes y flores, a semejanza de las que conocían de Sevilla, España. Su abuelo encontró en esa encomienda una posibilidad para experimentar con la cera y comenzó a incorporar adornos que después se convertirían en el sello de su trabajo.

El nombre de la técnica también tiene una historia familiar, porque su abuelo observó que los adornos parecían escamas de pescado y comenzó a llamarlos así, aunque los clientes pedían las velas de distintas maneras, como labradas o floreadas. Con el tiempo, la expresión cera escamada terminó por identificar esa forma de decorar las velas con flores y otros elementos elaborados con el mismo material.

“Mi abuelo decía, ‘esta parece escama de pescado, ¿cómo le pondremos?’. Mucha gente le decía, ‘Oiga, yo quiero la vela labrada, quiero la vela floreada’. Y él les respondía, ‘ah, quiere la escamada’”, recuerda Ramón, entre risas.

Su familia mantiene el procedimiento tradicional para preparar la materia prima, porque la cera que recolectan los apicultores se hierve con agua, se limpia y se somete a un proceso para retirar las impurezas. Después se trabaja hasta conseguir el tono y la consistencia necesarios. Las flores y los elementos decorativos son completamente de cera, aunque en ocasiones agregan un poco de parafina a la vela para darle resistencia y evitar que se deforme.

Esa materia prima, sin embargo, comienza a ser más difícil de conseguir. Ramón explica que sus proveedores les han hablado de las dificultades que enfrentan las abejas para encontrar lugares donde producir polen, miel y cera, una situación que relacionan con el deterioro ambiental y el uso de fertilizantes. Para los artesanos cereros, dice, estos cambios tienen consecuencias directas en la disponibilidad del material con el que trabajan.

La historia familiar también tiene un capítulo en Ciudad de México. ya que Ramón cuenta que su abuelo y su padre viajaban a la capital cuando escaseaba el trabajo en el Bajío. En los años cincuenta llegaron a distintas cererías, donde ofrecieron su trabajo incluso sin tener dinero para comprar materiales. En una ocasión, recuerda a partir de los relatos familiares, una comerciante les prestó cera y parafina para que pudieran elaborar sus piezas. Cuando vio los diseños terminados, les permitió trabajar en el establecimiento y, con el tiempo, comenzaron a distribuir sus velas en otros negocios.

Por aquellos espacios pasaron personajes conocidos y surgieron encargos para celebraciones y eventos. Ramón recuerda que su abuelo hablaba de encuentros con el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y con Dolores Olmedo, además de pedidos para lugares como el Hotel del Prado y Camino Real. Aquellas experiencias ampliaron las posibilidades del oficio, que comenzó a encontrar nuevos usos sin abandonar su vínculo con las celebraciones religiosas.

El trabajo de la familia también ha llegado a otros países. Ramón menciona piezas enviadas a Perú y Estados Unidos, así como una participación en Sevilla, España, en 2010, donde llevaron artesanías de Guanajuato. Entre los trabajos que recuerda está una vela con el escudo nacional mexicano y otra con el emblema del Vaticano.

Pero, para él, la continuidad de la cera escamada no depende únicamente de los encargos o de encontrar nuevos mercados. También requiere que quienes conocen la técnica se ocupen de transmitirla. Por eso valora especialmente las invitaciones para impartir talleres a niñas y niños, pues considera que acercarlos al trabajo artesanal desde pequeños puede ayudar a que la tradición no se pierda.

“Lo que nosotros queremos hacer es que no se pierda ese trabajo, que lo conozcan las nuevas generaciones. Me gusta mucho cuando nos piden hacer talleres con los niños, para que ellos vayan conociendo ese trabajo y no se pierda esa identidad”, señala.

En el Festival de Vida y Muerte, Ramón tiene la oportunidad de compartir parte de ese conocimiento con personas que quizá nunca habían visto cómo se elaboran estas piezas. Para él, ser maestro artesano implica una responsabilidad que va más allá de conservar una herencia familiar: significa buscar espacios para mostrarla y evitar que el oficio desaparezca.

“Nosotros tenemos ese compromiso de ser la bandera, de ser el estandarte, de no dejarnos caer y llevar esa identidad donde la gente nos solicite”, finaliza.

Por JOSÉ PABLO ESPÍNDOLA

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