ECOLOGÍA

Armas, veneno y miedo: la historia que llevó al lobo gris al borde de la extinción

Armas, ganadería y veneno marcaron la historia del ‘Canis lupus baileyi’. El declive es también reflejo de cómo se transformó el mundo, como comparte el biólogo Jorge Ignacio Servín Martínez.

La historia del lobo gris mexicano quedó marcada por la violencia. El declive de los primeros depredadores establecidos en Norteamérica (de Alaska hasta parte de lo que hoy conforma México), es también el reflejo de cómo se transformó el mundo.

En cuestión de siglos, el animal que alguna vez fue sagrado en la región, pasó de ser adorado a la persecución sistemática. La combinación letal entre armas de fuego, sustancias químicas (cortesía de la Segunda Guerra Mundial) y un profundo estigma llevaron al Canis lupus baileyi al borde de la extinción. 

Hasta el sol de hoy, el proceso que se dio a través de muertes silenciosas y sumamente dolorosas, sigue sin contar con números que permitan dimensionar aquel intento de exterminio: «En realidad nunca hemos sabido la abundancia que tuvieron los lobos en vida silvestre sin intervención de los seres humanos», comparte el biólogo de la UNAM con un doctorado en Ciencias en Biología y Ecología, Jorge Ignacio Servín Martínez. 

El camino que orilló a toda una subespecie a la extinción 

La mayor parte del tiempo que el humano ha convivido con el lobo la destinó en hallar formas para erradicarlo, por lo que se sabe poco sobre esta subespecie, considerada la más pequeña de su clase. 

«Sin embargo, hace unos 5 o 9 años se encontraron evidencias de que las culturas precolombinas no tenían una postura de exterminio hacia el lobo como el hombre occidental, sino que lo consideraban una deidad», dice el especialista con más de 30 años de experiencia. 
En 2017 se dio uno de los hallazgos más importantes jamás registrados en el Templo Mayor de Tenochtitlán: la Ofrenda 174 donde se encontraba el esqueleto perfectamente conservado de un lobo joven ataviado con conchas y 22 piezas de oro puro colocadas cuidadosamente sobre una capa de cuchillos de pedernal.

Se cree que la especie era venerada como una deidad asociada a Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra.

La llegada de los españoles cambió la historia: introdujo la ganadería intensiva y un rechazo histórico hacia las especies depredadoras.

El Dr. Jorge puntualiza: «No hay muchos datos acerca de la cantidad  de muertes que tenían por depredadores en general, pero cuando los españoles llegaron tuvieron que hacer frente a depredadores como el jaguar, el puma, los osos, los lobos».

Así, durante siglos, los grandes carnívoros convivieron de forma fluctuante con el ganado y los humanos. 

La fractura ecológica se detonó tiempo después, tras la Revolución Mexicana con el reparto agrario. La expansión de ejidos redujo el hábitat del lobo mediante la deforestación de bosques y pastizales.

A este cambio se sumó un factor tecnológico que marcó el inicio de una cacería brutal en la década de 1930: el acceso masivo al rifle calibre .22.

Al ser un arma barata y accesible, las comunidades rurales comenzaron a disparar a gran escala a presas naturales como venados, conejos y pecaríes. Sin comida en el monte los lobos comenzaron a atacar al ganado para sobrevivir; sin leyes de protección ambiental, los productores ganaderos dirigieron sus armas hacia ellos. 

«Su objetivo era la desaparición a los grandes depredadores que por supuesto tenían un impacto en sus bolsillos porque depredaban algunas cabezas de ganado. Es cuando empiezan a disminuir estas especies. En el norte particularmente empiezan a mermar las poblaciones de oso, de puma y del lobo mexicano», aclara el biólogo. 
El veneno 1080: la guerra química contra los depredadores
Para los años 50, la inconformidad dentro de las asociaciones ganaderas del norte del país creció. Argumentaron pérdidas de hasta el 20% de su producción por ataques de depredadores para presionar al Gobierno Federal.

Ante la falta de un organismo especializado en fauna en México, se solicitó ayuda técnica a Estados Unidos con un objetivo: erradicar el problema de raíz, como reportan diferentes investigaciones académicas. 

A finales de esa década, brigadas estadounidenses desembarcaron en la Sierra Madre con una sustancia letal: el monofluoroacetato de sodio, conocido como «veneno 1080».

De acuerdo con el libro Veterinary Toxicology la sustancia fue descubierta por químicos militares alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no fue hasta años más tarde que químicos estadounidenses descubrieron su uso como rodenticida.

El compuesto se convirtió en la forma de aniquilación perfecta: era inodoro, incoloro e insípido. Entre 1958 y 1959, el 1080 diferentes grupos colocaron restos de caballos, burros y vacas a lo largo de  Sonora y Chihuahua, según el informe «Combate contra los coyotes y los lobos en el norte de México».

La sustancia provocó un efecto devastador: los animales que consumían la carroña morían y, a su vez, envenenaban a otros depredadores y aves rapaces. Dado el impacto, los gobiernos se vieron orillados a regular su uso, no obstante, pese a la prohibición, el mercado negro de 1080 continuó diezmando las sierras mexicanas durante los años 60.

De la erradicación al rescate internacional
A principios de los años 70, el lobo mexicano había sido erradicado por completo en territorio estadounidense. Pese a los diferentes intentos por su conservación a lo largo de ese tiempo, fue hasta la publicación de La primavera silenciosa de Rachel Carson, que se logró un avance significativo, pues derivó en la promulgación de la Ley de Especies en Peligro de Extinción (ESA) en EE. UU. en 1973.

Sin rastro de lobos en el norte, entre 1978 y 1980 se comisionó a Roy McBride —quien irónicamente había sido uno de los tramperos más importantes durante la época del exterminio— para capturar a los últimos ejemplares silvestres que sobrevivían en las montañas de Durango, Chihuahua y Sonora. Se lograron rescatar solo siete lobos con vida. Este pequeño grupo marcó el comienzo de una labor de décadas entre científicos de ambos países, zoológicos y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) para enmendar  años de exterminio. Sus investigaciones fueron pioneras en descifrar la biología reproductiva y etología de la especie.

El regreso del lobo a la sierra
Tras más de tres décadas de crianza e investigación en cautiverio, en 2011 se realizó la primera liberación oficial de lobo mexicano en la sierra de Chihuahua. Pese a los retos iniciales de furtivismo y la resistencia social, las poblaciones han comenzado a consolidarse. Recientemente, en 2026, las autoridades mexicanas autorizaron una nueva zona de liberación en los bosques de Durango, abriendo un nuevo capítulo.

Sumando los ejemplares que viven libres y aquellos que se encuentran en cautiverio, en el mundo quedan alrededor de 650 lobos grises mexicanos. Entre 260 a 286 han logrado sobrevivir en vida silvestre, repartiéndose principalmente en zonas de Estados Unidos (como Arizona y Nuevo México) y poblaciones reintroducidas en México.

Lo más revelador para el Dr. Jorge a lo largo de estas décadas de lucha para devolver al lobo a su hogar son las estructuras sociales que forman: basadas en la cooperación familiar y la protección mutua, donde la agresión no forma parte de la dinámica reproductiva.

«Mi tesis antropológica es que la animadversión en Europa —o donde no quieren a los lobos— es porque tienen un mejor comportamiento que los seres humanos», sostiene el especialista. 

Por Lizeth Hernández

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